2026 ha empezado así: el USDA publicó sus nuevas Guías Alimentarias 2025-2030 y, por primera vez en décadas, el mensaje institucional se parece peligrosamente a lo que la fisiología humana, la evidencia científica y el sentido común llevan años diciendo: comida real, menos cereales, ultraprocesados y menos cuentos «lobbitos».
No es poca broma. Durante más de 30 años, millones de personas han organizado su alimentación, y la de sus hijos, en base a una pirámide nutricional, que muchos sabemos, que no estaba diseñada para cuidar la salud, sino que servía a otros intereses ocultos.
La pirámide alimenticia impulsada por la agricultura

La pirámide antigua, la que muchos tenemos grabada en la retina, se publicó oficialmente en 1992. En su base aparecían pan, arroz, cereales y pasta (6 a 11 raciones diarias). Una alimentación “saludable”, que hemos estado normalizando, en la que la grasa era el demonio y, por supuesto, había que comer cada pocas horas para “activar el metabolismo” y no desmayarse por “bajón de azúcar”. La proteína animal se trataba con cautela.
El mensaje era claro: come muchos carbohidratos, evita la grasa y reparte la comida en varias tomas al día. El resultado lo conocemos: obesidad, diabetes, inflamación crónica, fatiga… y una confusión colectiva monumental.
¿Dónde se forjó esta monumental estafa a nuestra salud?
No salió únicamente de la ciencia.
Salió de una mezcla peligrosa de estudios científicos manipulados, política agraria y presión industrial.
La pirámide alimenticia original fue diseñada en el seno del USDA a finales de los 80 e introducida en 1992, tras años de comités asesorados por nutricionistas gubernamentales. No hubo un único “autor” visible (fue un trabajo de equipo técnico), pero sí figuras clave. Una de ellas fue la Dra. Luise Light, nutricionista del USDA que lideró la elaboración inicial de las guías alimentarias a finales de los 70. Según fuentes consultadas, Light propuso recomendaciones más moderadas en almidones y más ricas en vegetales frescos, pero sus propuestas fueron alteradas por los intereses del Departamento de Agricultura, incrementando drásticamente las porciones de cereales recomendadas. Este hecho, mantenido fuera del foco público en su momento, ilustra cómo consideraciones políticas y económicas se colaron en un documento supuestamente científico. Y es que, lo cierto es que por desgracia y desde siempre y a día de hoy, nutrición “la ciencia y la política son inseparables” , y esto es un mix peligroso donde suele ganar la política.
Detrás de la forma de la pirámide de 1992 se alinearon varios lobbies (grupos de presión) influyentes:
- El lobby de los cereales y alimentos procesados: el Gobierno estadounidense tenía interés en fomentar el consumo de granos (trigo, maíz, etc.) para dar salida a excedentes y apoyar al agro nacional. Las grandes empresas de cereales de desayuno, panificación y snacks procesados aprovecharon esa coyuntura para consolidar sus productos como “base de la dieta saludable”. No es casualidad que en los 90 la pirámide se convirtiera en un gráfico siempre impreso en cajas de cereales y paquetes de galletas, presentando estos productos azucarados como parte de un “desayuno equilibrado”. La industria alimentaria procesada supo influir para que las guías no atacaran directamente el azúcar o la comida rápida. En su lugar, se hablaba genéricamente de “usar grasas y dulces con moderación”, un mensaje bastante ambiguo que le venía de perlas al sector de la bollería industrial. Paralelamente, la industria del azúcar y de los ultraprocesados jugó una partida maestra: desviar la atención hacia la grasa. Durante años se financió investigación, campañas y presión política para colocar a la grasa (especialmente la saturada) como enemiga pública número uno, mientras el azúcar añadida quedaba en segundo plano. El resultado fue una avalancha de productos “low-fat” cargados de azúcares, almidones refinados y aditivos.
- El lobby de la carne y lácteos: Desde los primeros lineamientos nutricionales (los Dietary Guidelines de 1980) los productores de carne roja, pollo, huevos y lácteos han optado por evitar recomendaciones que perjudiquen el consumo de sus productos. Un ejemplo histórico: en 1977 un comité del Senado sugirió que los estadounidenses “comieran menos carne roja” para reducir grasa saturada. La industria cárnica presionó con fuerza y el consejo se reformuló a “escoja carnes magras”, diluyendo el mensaje.
De igual forma, la industria láctea logró que la pirámide dedicara un grupo entero a “leche, yogur y queso” con 2-3 raciones diarias recomendadas, presentando el calcio lácteo como indispensable. Empresas lácteas y sus asociaciones (como Dairy Council) participaron activamente en comités y en la financiación de campañas educativas, asegurando que “3 al día” de lácteos se convirtiera en mantra nacional. Hoy, la nueva guía sigue reflejando esa influencia: a pesar de evidencia en contra, mantiene la promoción de tres lácteos diarios, un consejo “muy ochentero” y cuestionable según expertos. Es decir, ciertos intereses ganaderos continúan teniendo eco en 2026. Como resume el nutricionista Aitor Sánchez, algunas recomendaciones de EE.UU. “dan la espalda a la evidencia científica para responder a criterios ideológicos y empresariales”, en concreto las que favorecen a la ganadería intensiva. No sorprende entonces que la nueva pirámide invertida, auspiciada por la administración Trump, sea vista por algunos como un triunfo de la industria cárnica y láctea (que recuperan protagonismo) a costa de relegar la proteína vegetal y las consideraciones medioambientales. - Intereses políticos: Al ser el USDA organismo responsable de salud pública y de velar por el sector agrícola, siempre ha existido un conflicto de interés inherente. Las guías alimentarias de EE.UU. han tendido a no “castigar” productos típicamente americanos (carne de vacuno, lácteos, maíz) y a ser menos estrictas de lo que la ciencia a veces sugería, para no enemistarse con votantes y empresas.
Por ejemplo, solo en guías recientes se empezó a hablar de reducir las sodas azucaradas, algo que se sabía hace mucho, porque implicaba enfrentar a la todopoderosa industria de bebidas. En 2020, el comité científico asesor propuso por primera vez bajar el límite recomendado de azúcar añadido y alcohol, pero las autoridades omitieron ese cambio final tras intensas presiones del lobby del azúcar y el alcohol.
Así, la vieja pirámide alimenticia no fue un inocente diagrama basado en la ciencia, sino el resultado de negociaciones entre ciencia, industria y política. Esa herencia explica tanto sus deficiencias como la resistencia al cambio durante años. La nueva guía 2025-2030 intenta corregir parte de ese legado, aunque no logra escapar del todo de las influencias comerciales y las pugnas ideológicas que rodean a la nutrición (hoy tan presentes como hace 30 años, aunque con distintos actores).
El cambio hacia una alimentación real. La nueva Pirámide Alimenticia
Aquí entra la segunda parte incómoda.
La nueva pirámide, invertida, con la proteína y las grasas naturales en la base, no surge solo de un despertar ético. Surge porque el sistema sanitario estadounidense está colapsado. Más del 80-90% del gasto sanitario se destina a enfermedades crónicas prevenibles. El modelo anterior no solo no funcionó, sino que económicamente es insostenible.
Las consecuencias mundiales en la última década de las guía de alimentación que se ha seguido hasta ahora son alarmantes:
- la obesidad se ha disparado hasta índices insosteníbles,
- la diabetes tipo 2 ha pasado de ser rara a ser casi epidémica,
- el aumento sin control de las enfermedades cardiovasculares asociadas a resistencia a la insulina,
- y un consumo de ultraprocesados (productos de mierda) se ha venido normalizando como si fuera comida.
Y la evidencia de todo esto está, consultable y comprobable. Décadas de estudios epidemiológicos y ensayos clínicos han mostrado que:
- dietas altas en harinas refinadas y azúcares aumentan el riesgo metabólico,
- el consumo habitual de ultraprocesados induce mayor ingesta calórica incluso a igualdad de calorías,
- la grasa natural de alimentos reales no es el problema,
- y que patrones alimentarios basados en comida mínimamente procesada reducen inflamación, mejoran el control glucémico y disminuyen el riesgo cardiovascular.
Ahora, tras la que se les viene encima a los estados, con Estados Unidos a la cabeza, se establece este cambio de narrativa política: ahora interesa hablar de “comida real”, de volver a lo básico, de responsabilizar al individuo y de reducir el papel del fármaco como solución permanente. Eso conecta con discursos de autosuficiencia, control del gasto público y también con nuevos intereses industriales.
Porque sí, esta nueva pirámide tampoco es neutra.
Colocar la proteína animal y los lácteos enteros en la base beneficia directamente a la industria cárnica y láctea, que llevaba años a la defensiva frente a dietas vegetales, recomendaciones de reducción de carne y debates ambientales. No es casual que esta versión:
- minimice el papel de las legumbres,
- no incorpore criterios de sostenibilidad,
- ni aborde de forma clara el impacto ambiental de la producción animal intensiva.
Varios comités científicos independientes han señalado que la población estadounidense ya consume más proteína de la necesaria, y que promover aún más carne y lácteos no responde a una urgencia nutricional, sino a un reequilibrio de intereses.
Es decir: la pirámide cambia, pero los lobbies siguen sentados a la mesa.

La diferencia es que ahora, al menos, se dice alto y claro algo fundamental:
el problema no es que comamos huevos, aceite de oliva o yogur natural.
El problema es que comemos demasiado, demasiadas veces y demasiada basura.
Después de toda esta retahíla, agradezcamos que la alimentación real se empodere y vaya siendo coherente con nuestras necesidades y nuestra salud.
Aunque termino exponiendo lo que ninguna guía se atreve a decir del todo.
Porque, siendo honestos, ahora ya solo falta que:
- dejemos de comer cada tres horas como si el cuerpo no supiera autorregularse,
- menos veces al día, permitiendo así nuestro descanso digestivo y metabólico,
- cenemos antes, no a las diez de la noche como norma general.
- apaguemos pantallas antes de dormir y respetemos los ritmos circadianos,
- nos movamos más, no para quemar calorías, sino para vivir en un cuerpo funcional, libre, que nos permita disfrutar la vida en todas sus dimensiones.
- tomemos sol, pisemos tierra, salgamos a la naturaleza,
- dejemos de normalizar el alcohol, el tabaco y otras formas de anestesia diaria,
- respiremos mejor,
- y cuidemos lo que pensamos y lo que nos decimos, porque el sistema nervioso también se alimenta.
La pirámide se ha dado la vuelta.
Ahora falta que nosotros también lo hagamos.
Volver a lo básico no es una moda.
Es recordar que el cuerpo humano se alimenta de lo natural, porque venimos, formamos parte y somos naturaleza. Alejarnos de ella es la causa real de toda enfermedad.
